miércoles, 23 de mayo de 2007

El espejo Roto

Hace algunos meses atrás deambulaba por el pequeño pueblo de Monte Leña, en busca de la parada de Colectivos, al encontrarla me acomodé en la sombra a esperar pacientemente. De repente se sentó junto a mí un anciano del lugar. Agobiado por el aburrimiento, comencé una charla con el, aparentemente intrascendente, pero el diálogo de a poco llegó hasta un tema algo interesante: empezamos a hablar de las supersticiones.

El viejo, al ver mi terco escepticismo ante esta rama del esoterismo, decidió contarme una historia del lugar, que juraba verdadera. Sin otra opción, me dispuse a escucharlo simulando más atención de la que verdaderamente le prestaba.

“Hace muchos años atrás, en una casona que aun se encuentra no muy lejos de acá, vivía un joven de aproximadamente veinticinco años con su esposa. Llevaban una vida de lo más corriente, pero un día sucedió algo un tanto difícil de explicar.

El muchacho, acomodando unos muebles, golpeó con su mano el espejo que colgaba en el pasillo principal de la casa. El cristal se quebró en varios pedazos pero se mantuvo en el marco, sufrió así, un profundo corte entre sus nudillos. De repente su mujer irrumpió en el lugar para descubrir que había provocado ese ruido. “Ahora tendrás siete años de mala suerte” dijo con algo de ironía. “Por lo pronto creo que tendré siete puntos de sutura” bromeó con resignación el hombre mientras se proveía de unas vendas.

Al día siguiente el muchacho regresaba de trabajar cansado, es por eso que ansiaba una siesta reparadora. Al dirigirse a su habitación se detuvo ante el espejo roto, miró de reojo su mano vendada con resignación y luego se puso frente a frente ante el cristal. Comenzó a notar algo muy extraño. Los diferentes pedazos del espejo no lo reflejaban del mismo modo. En uno de los trozos el hombre se observaba de la manera esperada, pero en el fragmento que le seguía su imagen se mostraba un poco más avejentada, en la siguiente mas, incluso con un cabello entrecano, otro de los ángulos vítreos le acusaba irregulares arrugas. Así fue observando con desesperante asombro como su rostro, dividido en forma de abanico, aumentaba su edad, formando un ciclo progresivo en el sentido horario.

Se fregó los ojos, pero nada se modificaba, ese espejo le estaba dando imágenes de sus futuras apariencias a través de los años, un espiral de cosquillosa arena le jugueteaba en el vientre. De a poco se fue dejando llevar por la inexplicable situación. Concentró sus sentidos en la imagen en la cual se veía mas anciano, parecía de unos setenta años, su piel estaba muy desalineada y daba la sensación de cierta indolencia. Muy lentamente su imaginación lo fue transportando por un oscuro camino hacia esa etapa de su vida. Se vio llorando, débil, solitario, su mente le proyectaba una sinfonía de guturales palomas merodeando sus oídos, se fundió lentamente en un espeso y sofocante sueño que lo tenía como eje de sus crudas visiones. Hasta que volvió su atención al espejo.

Siguió observando con atención su avejentada imagen en ese trozo de espejo, luego contemplo mas ampliamente todo el cristal, una picazón de confusión le invadía la nuca. El hombre ahora percibía ese reflejo avejentado en el resto de los trozos que componían el espejo roto. Lo comenzó a desesperar la ausencia de sus apariencias más juveniles, se detuvo en el ángulo del marco, había telarañas y mucho polvo. Ahora si estaba desorbitado totalmente, su casa estaba vieja y descascarada, cubierta de tierra, defecaciones de paloma y hojas secas. Corrió hacia el espejo del comedor, allí se pudo ver y sus temores se confirmaron, se veía anciano y decrépito aparentando esos setenta años que le anunció aquella porción de espejo. Ahora todo se lo afirmaba, estaba viejo.

Sobre la mesa, descansaba una carta amarillenta, al parecer llevaba años allí, la tomó en sus manos, limpiándola con ansiedad. Era la letra de su señora que con trazos nerviosos se despedía “Mi amor, no puedo verte así, y yo no puedo vivir de este modo, con un hombre que se pasa los años mirándose en un espejo, se me agotaron las fuerzas, tengo que empezar de nuevo, te pido perdón, espero que esto alguna vez termine..Te Amo”

Fue cuando aquel muchacho se dio cuenta de que una maldición lo llevo hasta esa edad, maniatado en una burbuja opaca de locura y confusión, que su vida se había ido hacia la nada desde aquel día en que rompió el maldito espejo, que los siete años de mala suerte no eran nada ante cincuenta años de locura aciaga”

Cuando mi circunstancial compañero culminó su relato, yo estaba perplejo, juro que no tragué saliva durante lo que duró su historia, la situación me fue dibujada con tal precisión que me cautivó de principio a fin, entonces sentí que le debía una frase.
“Sigo sin creer en las supersticiones” le dije pausadamente “Aunque ahora no creo en ellas porque me parece que se quedan cortas con los castigos que prometen”, el viejo bajo la sombra de la parada, asintió mis palabras con gesto paternal.

Fue en ese preciso instante, cuando lloraron los frenos del Ómnibus que impuntualmente llegaba a mi encuentro. “Llego la hora de irme” le dije enderezándome “Le agradezco por tan bonita historia. Estos pueblos si que tienen leyendas”. Cuando yo ya tenía un pie en el colectivo y otro aun en el cordón de la vereda, me despedí dándole la mano, pero vi algo que me llamó la atención en su maltrecho puño “y esa cicatriz?” la pregunta se me escapó sin aviso. El anciano entonces me mostró sus dientes amarillentos con una sonrisa que hasta el día de hoy me eriza la piel al recordarla.

FIN

No hay comentarios: