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miércoles, 17 de diciembre de 2008

La Confesión Perdida

Hace más de cincuenta años, en un sótano de la ciudad de Opole, -en el sur de Polonia- fue encontrado un ajado manuscrito. Lo que despertó la atención de quien lo halló, -un joven carpintero llamado Svenn Szczyska- fueron las extrañas morfologías que estaban plasmadas en aquel amarillento papel. Tal es así, que en un principio, Szczyska no presumía que se tratase de un texto sino más bien lo veía como ornamentos sin sentido alguno. Fue su hermano Walery, graduado en historia, el primero en identificar ciertos rasgos del alfabeto sumerio en aquellos crudos trazos.

Al tiempo, un alto catedrático de la Universidad de Cracovia, se interesó en el manuscrito apenas tuvo conocimiento de su existencia y lo estudió exhaustivamente junto a otros colegas. Al tomar dimensión de lo que allí estaba escrito, decidieron continuar su estudio de manera secreta ya que consideraban que el contenido expresado podía generar una psicosis masiva en la población de aquellos años.

El siguiente texto es la fiel reproducción del manuscrito hallado por Szczyska.

“Al parecer algo me golpeó, y por las heridas en mis codos, debo haber rodado por las escaleras. Me encuentro en un húmedo sótano que pierde su oscuridad en un pequeño candelabro, gracias a el puedo ver, y he decidido comenzar a escribir, aunque no se si será lo correcto. Siento temor…

Desde hace unos instantes, un aberrante estado de conciencia intenta sacudirme, de algún modo asumo un conocimiento desordenado. Mi pecho palpita frenético. Una revelación hiela mis entrañas con solo considerarla. Susurros retumban tras mi nuca.

Hasta hace un par de horas, yo estaba seguro de una cosa: mi nombre era Leszek y me apellidaba Kaminski, había logrado cierto renombre siendo un avezado cronista del Trybuna Opolska, y además, estaba enamorado de una joven florista alemana que tenía su puesto cerca de la redacción del periódico…

Ahora no estoy seguro de eso. Es que se ha comenzado a apropiar de mí, una idea siniestramente congruente. Mi identidad es cada vez más difusa, o por lo contrario, cada vez contemplo con mayor claridad que en realidad no soy Leszek, aunque en verdad siento que también lo fui, pero me veo en miles de rostros, incluso desde incalculables años atrás.

Se agudiza este estado ajeno, todo es un carrusel de voces, de aromas, de tiempo. Escribo de manera febril, siento que se abren incandescentes pasadizos en mi mente. Soy parte de este planeta desde decenas de miles de años. Lo escribo porque estoy convencido de ello. Lo sé. Llegué aquí como expedicionario de un lejano rincón del universo. Mi nombre es Elyon.

Lo puedo recordar, como si no hubiera pasado mucho tiempo. Ellos, mis hermanos de viaje, me encomendaron explorar algunas propiedades en la superficie de este planeta. Lo hice de manera pertinente. Me dijeron que partirían por un corto tiempo, y luego regresarían por mí. Pasé momentos de claridad y de penumbra girando junto al suelo, con mi vista clavada en el horizonte. Me temo que nunca regresaron.

Al principio intenté adaptarme a las gigantescas tormentas, a las erupciones volcánicas, y a los continuos sismos, típicos de un mundo joven, pero el paso del tiempo empezó a hacer mella en mí. Solitario y aburrido, me quise divertir. Hablar conmigo mismo en voz alta ya era una constante desde hacía siglos, se sentía bien. Pero añoraba dialogar con alguien. Mi existencia era insignificante. Necesitaba sentirme poderoso. Seré un dios.

Empecé a moldear con barro fresco, a orillas de un arroyo, un cuerpo como el mío. Con el dialogaría en las tardes, esperando aun que mis hermanos volvieran, tal como lo habían prometido. Al terminar de esculpirlo, lo llamé Adán, mientras le hablaba desde las copas de los árboles, …a menudo le daba órdenes. La idea me entusiasmó, así que moldeé otra vez, pero modificando las formas, la llamé Eva, Ahora les hablaba a los dos, les sugería que eran complementarios, y era yo mismo quien respondía por ellos. Yo era ellos.

No se exactamente cuando sucedió, pero hubo un momento en que todo se fue de su cauce. Quizás fue cuando estando acostado en la rama de aquel árbol, comiendo un rojo fruto, quise ser otro Dios, porque el poder necesitaba un cambio de estilo. De todos modos, pienso que para ese entonces, Elyon ya no existía como tal. En su lugar había un desquiciado ser que hablaba solo sin parar en diferentes voces, moviéndose de manera estúpida en las praderas de un planeta vacío y gris.

Fui todos y cada uno de los que creyeron –y creen- pisar esta tierra, me multipliqué de manera infinita, incontenible. La soledad de mi amanecer contrastaba con la posterior multitud floreciente con que inundé las montañas y las llanuras. Lidié mis contradicciones con guerras imaginarias, quise redimir mi culpa adoptando creencias y consagrando santos, fantaseé con milagros, soñé travesías sobre los mares azules, trunqué las vidas cuando me agotaban, juzgué y condené, mendigué y derroché, fui payo y moreno, joven y anciano. En todos me reflejé, pero en ninguno me desperté. Hasta hoy. En este húmedo sótano.

No se cuanto tiempo más continuaré asumiendo esta atroz verdad, creo, para ser sincero, que me está abandonando lentamente… como una marea al retirarse. Al fin y al cabo, puede que todo sea una enfermiza ilusión. Ese golpe que me dí al caer, ha de haber sido duro. Quien Sabe. Quizás mañana vuelva a la redacción del Trybuna Opolska a tipear en mi fiel Olivetti, sin recordar nada de lo que ahora escribo en este viejo y extraño idioma. Por lo pronto saludaré a la florista, siento que tenemos muchas cosas en común.”


FIN

lunes, 17 de diciembre de 2007

La Olvidada

Siempre que la mencionaban, un influjo siniestro se adueñaba de mis reflexiones, pero nunca había tenido la oportunidad de visitarla, hasta aquel día en que mi empleo como agente cultural de la provincia la ubicaba en mi agenda. Debía ir allí a crear un perfil de ese pequeño pueblo, sabiendo que eran muchas las leyendas que giraban en torno al aura gris que rodea su nombre.

La Olvidada se encontraba perdida en algún rincón de Entre Ríos, pero a pesar de estar en una zona de un húmedo verde rebosante, se decía que allí las flores crecían con escasos pétalos, y el rocío no las cubría en el alba. Los pájaros, que rara vez construían sus moradas en las copas de sus árboles, no cantaban armoniosamente, solo de vez en cuando emitían un gruñido seco.

Se repetían desdibujadas historias afirmando que los niños del pueblo nunca conseguían remontar sus barriletes, y los pocos que se aventuraban a la pesca se encontraban con un cauce estancado de hedor nauseabundo, inexplicablemente ese río moría justo allí y nunca nadie, vio en el un pez. Me hablaron también que era imposible encontrar una sonrisa dibujada en el rostro de sus habitantes, los cuales compartían un parco gesto de indolencia.

A pesar de tan abúlicos comentarios, mi destino era ese sombrío lugar, que sólo en algunos viejos mapas figuraba, por lo cual, el tren que me transportaba, me dejaba en un bonito pueblo, ubicado a algunos kilómetros de La Olvidada. Descendí un tanto agobiado por el intenso calor, y como ya me habían advertido que para llegar allí no había caminos oficiales, debía encontrarlo por mis propios medios. Mis presentimientos intentaban susurrarme gritos de advertencia, pero a veces la temperatura suele empantanar el circuito errático de la conciencia.

“Disculpe Señor, necesito llegar a La Olvidada, que dirección debo tomar?” le consulté a un vaqueano que merodeaba en la estación. El hombre se detuvo en mí por segundos, dejó entrever signos de extrañeza “No veo porque alguien quiera ir allí, pero de todas formas…” con exagerada pausa giró su vista a un costado y señaló “Tome aquel pequeño sendero, no hay manera de errarle”. Agradecí la ayuda y me embarqué en la caminata a paso firme.

Tras cruzar un par de viejos algarrobos, pude contemplar un pronunciado caserío, sentí que había llegado, lo aseguraban cada uno de mis sentidos. Un ajeno sentimiento aciago se embebía en mi ser. El semblante taciturno del lugar empezaba a mostrarme las apagadas señales que las leyendas acusaban. Todo estaba terriblemente quieto, inclusive las nubes parecían anclarse en su velado cielo. Llegué a una derruida estación de servicio y entonces pude protagonizar mi primera aproximación con un habitante del misterioso lugar.

“Hola, como le va? Me podría usted decir donde hay un comedor por aquí?” el impasible anciano nunca me observó a los ojos, con un par de indicaciones murmuradas, me dio a entender el camino a seguir, Así fue como mi cuerpo comenzó deambular junto a su tenue sombra por las desoladas calles de tierra. Desde las humildes casas creí recibir el mudo impacto de anónimas miradas. Había un tímido temor sobre mis pasos, me sentía el rey de los extraños en el reino de la extrañeza.

El comedor estaba casi vacío, su añeja decoración jugaba con el tiempo que allí parecía haberse congelado. Una robusta mesera me consultó de manera flemática que me serviría, pedí un puré con bifes. Mi búsqueda por el sabor de la comida fue infructuosa, por mas aderezos que probase mis papilas no se estimulaban, fue cuando algo cansado, decidí dar un vuelco a mi visita. Necesitaba conocer este lugar y su historia, y para hacerlo, mi experiencia me apuntaba de manera precisa un lugar: el cementerio del pueblo.

Llegar no fue muy difícil salvo por el incómodo sudor que empapaba mi camisa. El muro que delimitaba el campo santo apenas se mantenía en pie desnudando ladrillos de adobe en gran parte de sus lados. Hubo un instante en el cual dudé en ingresar, pero lo hice llevado por los imantados latidos que me auguraban algo, solo algo. Las cruces me llamaron la atención, ninguna de ellas tenía nombres, ni fechas, solo eran cruces fabricadas de manera rudimentaria y plantadas en secos cúmulos de tierra. Un impulso me invitó a elevar la vista, en el rincón opuesto del cementerio se estaba llevando a cabo un entierro, un grupo de gente rodeaba el cajón, y mi destino no tuvo mas opción que acercarse allí.

Me dispuse a observar, desde cierta distancia, como aquel pequeño grupo de hombres maniobraban el austero cajón de pino. Una voz sobresaltó mi oído derecho
“Que suerte tienen algunos” la frase, que no intenté siquiera comprender, partió de un señor pelirrojo que arrugando su vista contemplaba junto a mí, la inhumación de aquella persona.
“Porqué lo dice?” le pregunté mirando el piso.
“Digamos que no es sencillo morir en este pueblo”
Quise seguir indagando, pero temía la respuesta, así que lo miré de frente, el giró su cabeza, clavándome sus verdes ojos con gesto arrogante.
“Mire señor, disculpe si adopto un tono drástico, pero ese cajón está vacío, y la idea es que usted sea el ocupante”
Mi mandíbula colapsó ante el intento infructuoso de responder tan repentina amenaza, y mis piernas tomaron las riendas, galopando a campo traviesa hacia el horizonte en el cual el sol pronto se pondría.
Algo, desconozco que, seguramente cercano a un gran golpe, castigó uno de mis pómulos, es lo último que recuerdo de aquella tarde candente.

Con el correr de los días, ese recuerdo se va tornando cada vez más difuso, y sinceramente mucho no me preocupa.
Lo que sí estorba mi paciencia, es cual es la maldita razón por la que me he arraigado en La Olvidada, amargando mi sangre en días grises e inmutables, la tristeza llana y clara es la rutina a la que mi ausente alma está aferrada. Hoy me preguntó un forastero, por la cabina de teléfonos, le murmuré algo ininteligible, luego de unos días lo vi como yo: ajeno y estéril, hasta he perdido práctica en el habla, solo sigo aquí en una eternidad inabortable, inextinguible, preso de la nada misma.

FIN

miércoles, 23 de mayo de 2007

El Mejor

Aguirre era el mejor. Él lo sabía y ostentaba una apagada gala de su talento. El mandato paternal de mirar al resto del mundo desde arriba no había hecho más que trazar una línea inquebrantable entre él y su destino de perfección. Sus tareas no dejaban astillas huérfanas, todo ese cumplimiento que lo enorgullecía, y su precisión mecánica, eran verdaderas semillas del elogio ajeno.Don Pedro Mujica era el mejor. Aguirre lo sabía, sabía que no tenía un cliente mejor que el, pagando siempre adelantado, y facilitando las complicadas situaciones. Los trabajos que él le fue encargando durante años eran los pilares de su consagración.

Como tantas otras veces, el eficiente Aguirre fue convocado por Mujica, un nuevo trabajo golpeaba a su puerta. “Cuál es el objetivo?” Preguntó Aguirre con frialdad.Mujica le mostró con exasperante lentitud, una imagen que sacó de su portafolios.Algo destelló en la gélida mirada de Aguirre, pero no logró vacilar su característica calma. Mujica se sintió confundido, el esperaba un efecto en su hombre, que nunca sucedió.“De acuerdo, Don Pedro, esto le va a costar más de lo normal, unos treinta y cinco mil dólares, todo por adelantado.”Mujica, algo consternado, asintió y abrió un maletín gris repleto de billetes verduzcos.
Luego de saludarse como dos caballeros, Aguirre definió con su cliente un par de detalles referentes a sus tareas y se despidió con cordialidad. Los siguientes días de Aguirre transcurrieron en el manejo de ese dinero, creando cuentas bancarias para sus hijos, agasajando a su amada mujer, disfrutando del tiempo libre, hasta el día acordado para la entrega.

Ese día Aguirre estacionó el auto que había alquilado para la ocasión, en una playa subterránea, prendió la radio para dar con su entrañable frecuencia de clásicos, suspiró con premura y cerró los ojos. Desde el asiento trasero tomó su maletín negro con clave numérica, lo abrió con mesura. De allí extrajo su fiel compañera, una Beretta 92 nueve milímetros, y en un instante le acopló el silenciador. Perdió su mirada en el muro gris frente al cual se había estacionado, y sin titubeos, dirigió el arma a su paladar y tiró del gatillo con la precisión que siempre lo distinguió.Hoy Aguirre no existe más. Nadie sabe con certeza quién es el mejor asesino a sueldo de Bogotá.

Hoy Don Pedro Mujica no es el mejor cliente de nadie, sus graves delirios fueron diluyendo su fortuna y las estúpidas apuestas con magnates narcos ya no lo divierten como antes.

FIN

El Pino Caído

“Encuentro Provincial de Veteranos del Ciclismo,…. no lo puedo creer” , Dante miraba una y otra vez, con claro desprecio, el ajado volante. Su paciencia empezaba a divisar el frágil paredón de los límites. Recordaba los esfuerzos para alcanzar su tan deseado título de periodista, al cual el presente maltrataba con un trabajo ingrato y mal pago en el diario “Visión Puntana” de la capital de San Luis.
Ansiaba el gran momento de alcanzar una nota de tapa, un titular ocurrente por él pergeñado, alguna estruendosa primicia que le hiciera inflar el pecho al mirar de soslayo un puesto de diarios.

Pero allí estaba, viajando a San Ignacio -un pueblito del norte de la provincia- a cubrir un acontecimiento tan insulso como previsible sería su protagonismo en las páginas del matutino. Una pequeña y olvidada columna de no mas de treinta líneas, algo pequeño, así se sentía el también, insignificante en aquel colectivo.

Para mitigar las horas de viaje, Dante se había aprovisionado con su pequeña y fiel compañera, una radio portátil -gris y desgastada- que gruñía con su concierto de descargas en la búsqueda de una buena sintonía.
Algo le llamó la atención, creyó haber escuchado una especie de grito, movió con mayor suavidad el sintonizador y pudo oír mejor “Elio, vení! Ayudame!, me esta volviendo loco, me persigue otra vez” Un fuerte descarga dio la pausa a la respuesta “Decime donde estás Gringo!” de nuevo carraspeó el parlante “Estoy en el pino quebrado, vení lo mas rápido que puedas!”….

El colectivo encendió sus luces internas, lo que generó una fuerte interferencia en la radio. Dante miraba el aparato algo consternado, no era difícil presumir que algo grave estaba sucediendo por allí cerca, un claro pedido de socorro se había colado por la antena de su radio.

“Descansamos 10 minutos en el parador!” vociferó el chofer. Los adormecidos pasajeros se movieron con torpeza hacía el exterior para aprovechar la pausa y estirar un poco las piernas bajo la estrellada noche. Dante, prefirió entrar al Bar del Parador y pedir un café, un anzuelo le tironeaba la nuca, sentía que quizás su momento había llegado.

“Que se va a servir, señor?” preguntó cordialmente el mozo, aquella noche el periodista estaba muy despierto, así que mintiendo estratégicamente, hizo derivar el diálogo en la razón de su presencia allí. Adujo ser alguien relacionado a la botánica, pero que tenía un hobby consistente en hacer esculturas con árboles que habían perecido.
“No conoce algún árbol caído por acá?”
El mozo no pensó mucho para decir “Si, está un pino caído hace un par de años doblando después de la gomería, derecho,… un par de leguas” al periodista le costó tragar saliva, confirmó que la oportunidad abría sus puertas de par en par, tenía la posibilidad de una gran primicia ante sus propias narices, dejarla pasar sería digno para un cobarde, pero no para él.

A través de la vidriera del Bar, vio como los pasajeros regresaban lentamente al colectivo, el cruzó la puerta pero desvió su marcha hacia el sentido opuesto de los demás, una fuerza ciega lo guiaba hacia lo incierto, la adrenalina le bullía en los confines de su humanidad.

De a poco su figura se fue perdiendo en las penumbras de la banquina, ya el colectivo se veía pequeño en el horizonte de la ruta. Antes de llegar a la mencionada gomería, vio un par de bicicletas viejas y sin candado. Sin pensarlo demasiado, Dante tomó prestada sin aviso una de ellas, el viaje era algo largo, y además debía estar preparado por cualquier urgencia.

El camino de tierra -indicado por el mozo- se fundía en el más espeso de los agujeros negros. Su pedalear desenfrenado hacía agitar su pecho y la fría transpiración se hacia sentir ante la brisa. De repente lo pudo ver, ese era el pino caído, no cabía ninguna duda. Dobló por un sendero para acercarse más. A unos veinte metros del árbol, se encontraba una pick-up con el motor encendido y los faroles delanteros iluminando los surcos de soja.

Alguien estaba al volante, Dante se acercó sigilosamente, tironeado entre la curiosidad y el miedo, se movía despacio, agudizando la vista. Estando a pocos metros de la camioneta, se empezó a convencer, de que quién estaba sentado allí no estaba bien, entonces sí, apuró su paso, la puerta del acompañante estaba abierta. Un rostro aterrado con los ojos vidriosos ampliamente abiertos, la mirada congelada, y una piel pálida con ribetes violetas parecían sugerir lo peor. Temblorosamente el periodista le tomó el pulso en el cuello y pudo confirmarlo, quien estaba allí, estaba muerto. Y por la expresión de sus facciones, no había sido la mejor de las partidas.

Dante se sobresaltó, una voz explotó desde el radio transmisor del vehículo, “Gringo, ya casi llegamos, aguantá! Gringo, respondé! Estás Bien?” los hilos se tejieron con precisión en la cabeza del comedido periodista. El cuerpo que se encontraba a su lado, hace unos minutos atrás contenía a una persona gritando por auxilio, algo lo perseguía, y al parecer lo había alcanzado.

El espejo retrovisor brilló furiosamente, el resplandor y el ruido expulsaron a Dante de la camioneta. Otros vehículos marchaban a campo traviesa hacia ese lugar, frenaron, se sintieron gritos “Disparale ahora!” “No le va a hacer nada Elio!” -acotó otra voz-. El periodista titubeó abrumado por un par de segundos, dio un par de pasos rápidos hacia adelante, allí sintió un par de ruidos secos. Un crudo frío en su vientre, luego alcanzó su pecho.

Cayó de rodillas, no podía hablar, su boca emanaba sangre, con algo de fuerzas se volvió a enderezar, para dar un par de pasos más hacia delante. “vamos de acá!” ordenó una de las voces, rugieron los motores y las luces junto al ruido se fueron apagando de a poco. Menguaron también los sentidos de Dante, que herido, y con el último gramo de fuerzas, ansiaba escapar de allí.

Al llegar arrastrándose al sendero su borrosa visión lo confundía. Alguien le había acercado la bicicleta, era alguien similar a él mismo, “Mi ángel de la guarda” intentó reflexionar, pero sus neuronas se arrastraban por oxidadas cañerías, todo comenzaba a apagarse de manera cancina.

El mozo que lo había atendido a Dante la noche anterior, fue el encargado como todas las tardes de recibir los diarios del día, le llamó poderosamente la atención el gran titular del vespertino “La Voz de San Ignacio”, unas pesadas letras no se intimidaban en gritar a viva voz “Misteriosa muerte de un hacendado, Testigos juran haberle disparado al mítico Fantasma Jaime Julián” Una foto de la camioneta, junto al pino caído apoyaban el copete. Debajo en un pequeño y olvidado rincón de la tapa, un título muy pequeño decía “Ciclista muere atropellado por un camión”.

Dante y Jaime Julián deseaban exactamente lo mismo, sólo que uno de los dos consiguió llegar primero.

FIN

La Casona de Villa Urquiza

La mujer entró algo temerosa en aquel desprolijo Bar de Barracas. “Usted debe ser Antonia, no?” dijo adelantándose un hombre rollizo y calvo. Ella asintió de manera tímida mientras se acomodaba en la crujiente silla. “De que zona de Perú viene?” consultó el hombre amigablemente. “de Arequipa, señor” la pequeña señora dejo ver un esbozo de orgullo al enfatizar el nombre de su ciudad natal.

“Bueno, ya tengo lo que le prometí Antonia, aquí le dejo anotada la dirección” la mujer peruana tomó el arrugado papel, lo observó por unos segundos y luego contó algunos billetes. “Está justo. Pero cuéntelos si quiere” el hombre sonrío “No es necesario, señora, que tenga suerte”.

Después de realizar complejas combinaciones en colectivo y extraviarse por momentos, Antonia comenzó a transitar la calle Mendoza, ubicada en el apacible barrio de Villa Urquiza. Su curiosidad, alentada por la soledad que Argentina le estaba propinando, se detenía en detalles efímeros de aquel arbolado paisaje urbano. Pero su avance frenó al observar el número que el papel mencionaba “Mendoza 2377. Familia Scheumann”. Antonia se acomodó algo el pelo, hizo pasar algo de saliva rezagada y suspiró. Su dedo enterró el timbre de la vieja casona mientras la noche comenzaba a caer en Buenos Aires. Los segundos fueron silenciosos hasta el gruñido de la puerta, una rubia cincuentona recibió a la futura ama de llaves de aquella lúgubre morada.

Después de informarle sobre los diferentes quehaceres que estarían a su cargo, Sabine, como se presentó su nueva patrona, invitó a Antonia con un té. “En alguna oportunidad estuve de paso en Arequipa, recuerdo la Plaza de Armas, es un precioso lugar”. El perfil incaico de Antonia contrastaba ante la caucásica estampa de Sabine, una alemana devenida en porteña, dueña de una calidez, de a ratos inquietante. En aquel instante, la amena charla de té se vio interrumpida por la llegada del hombre de la casa, Klaus. El hombre, de ciertos aires intelectuales, se presentó con cordialidad ante la flamante empleada. Los momentos fluían aceitadamente en el transcurso de aquel importante día de estrenos.

La adaptación a su nuevo empleo le resultó más ágil de lo que su natural desconfianza le había advertido en el viaje. Sus patrones germano-argentinos, le demostraban en el lento transcurrir de los días, un respeto lo suficientemente cálido como para diluir sus sanos prejuicios. El trabajo no le resultaba complicado, ya que el matrimonio no generaba un desorden considerable en sus largas y ociosas jornadas, es por ello que Antonia tenía el tiempo suficiente para comenzar a sentir algo de felicidad. Así fue que adquirió algunos hábitos argentinos como cebarse mates amargos y mirar la telenovela del horario central.

Pero la perfección tiene un grave defecto, sus poseedores son siempre desafiados a destronarla. Y Antonia entonces comenzó a detenerse en detalles que le incomodaban sin nítidos fundamentos. Uno de los que más le perturbaban se relacionaba con sus empleadores. Ellos solían recibir visitas a menudo, las cuales cenaban o compartían rondas de té, casi siempre debatiendo agudos pormenores filosóficos de diferentes valores culturales y socio-políticos. Esto en sí, no encerraba sus redes ningún pez extraño, pero había un hecho que a la ama de llaves le repicaba en su conciencia.
Los automóviles en los cuales los invitados llegaban, permanecían allí, posteriores a la partida de los mismos, recién un par de días después abandonaban el empedrado de la calle Mendoza. Sería que en realidad aquellas personas no se habían marchado cuando ella lo suponía? Antonia se convencía de que sus argumentos no tenían demasiado sentido, que debía existir otra explicación. Pero no se lograba convencer completamente.

Aquella pequeña mujer no lograba desentramar sus ideas para ver claramente lo que sospechaba. Eso fué hasta aquella fría mañana en la que el señor y la señora Scheumann habían abandonado la Casona en los primeros albores del día para hacer unas diligencias en el centro de la ciudad. Antonia por aquellos momentos tarareaba inteligiblemente unas melodías arequipeñas, mientras lustraba unas estanterías viejas ubicadas en el sótano. Tras quitar un par de trastos en su afán de ordenar un poco aquel caótico rincón, se percató de algo extraño: contra la pared, tras el mueble sobre el cual trabajaba, existía una pequeña portezuela de hierro. En la cerradura se encontraba aun colocada su llave, fue allí que pudo ver que estaba entreabierta. Alguien había olvidado cerrarla. La mujer estiró sus pies para explorar desde un mejor ángulo, entonces descubrió un conjunto de ajados libros, era una especie de biblioteca.

La duda la rodeó algunos segundos hasta que decidió tomar uno de aquellos libros. Las tapas marmoladas bajo el polvillo, el ocre de las ásperas páginas, y las profundas grietas daban cuenta de la antigüedad de aquellos escritos, los cuales quizás tuvieran mas de un centenar de años. Antonia no dudó que el origen de esos libros era Alemania, es por ello que no deducía en absoluto que decían, pero al comenzar a ver imágenes su atención pareció despertarse. Había gráficos de cuerpos humanos, enteros o de a partes. Los cruzaban líneas de puntos, segmentando diferentes zonas. En un principio, la ama de llaves se acercó a la idea de que el material se refería a aspectos médicos, pero lentamente comenzó a ver algo familiar, de algún modo su memoria le ofrecía una similitud extraña, los emparentaba con los libros de recetas culinarias a los que ella eventualmente recurría. Temblorosamente tomo otro libro, este si estaba en español y el titulo la detuvo por un instante.

“Manjares sagrados” unas gruesas tipografías romanas de brillante dorado eran el prefacio a un estremecedor contenido. El autor en sus primeros párrafos descendía morbosamente hacia una idea aberrante “…sabido es el placer inigualable que provoca el sabor de los cortes Arios, …las personas que pertenecen a esta sagrada raza deleitan, desde hace siglos, aquellos paladares mas exigentes a lo largo…” los nudillos de la ama de llaves vacilaron frenéticamente, el temor comenzaba a envolverla con sus fríos tentáculos “…este es, por tanto, uno de los fundamentos supremos que el Imperio llevará adelante en su cruzada mundial, la purificación de una especie sagrada espiritual y carnalmente...” las palabras raspaban su mirada, hasta que leería un párrafo que detuvo con un lazo sus sentidos. “ …no es casualidad entonces, que algunas de las mas despreciables razas inferiores como son africanos, aborígenes americanos y maoríes oceánicos posean los sabores mas indeseables para quien se jacte de poseer un refinado gusto, es abismal la..” de un golpe Antonia cerró el libro, sentía que no podía seguir adentrándose en esa siniestra lectura.

Esa noche, la arequipeña debía lidiar con la inevitable presencia del insomnio, una insoluble infusión giraba en su agotado pensamiento. Su facetado estado de ánimo reflejaba diversos matices, heterogéneos, sin cauce alguno. El desconcertante hecho de que sus patrones fueran despreciables antropófagos no le infundía el temor que ella creía merecer, eso la inquietaba. Sería quizás aquella enmascarada sensación de seguridad que le daba ser una mujer Inca?, a la cual un refinado paladar nunca desearía. Aunque, en el mismo tiempo, ese desprecio hacia su siempre minimizada raza, revolvía con voracidad sus más hondos resentimientos. Estérilmente cerraba los ojos para intentar detener el duelo librado por sus ocultos demonios. Algo mas crecía en ese lugar, un aire denso dilataba sus fosas nasales.

Pasada el alba, regresó una jornada típica ante los mudos zócalos de la Casona de Villa Urquiza. Entonces la - ya anémica- paz de Antonia se turbó al oír el timbre rechinar, era otra de las acostumbradas visitas, esas que no solían retirarse nunca de la calle Mendoza. Un hombre alto, blondo, de mejillas rosadas y ojos color cielo, se presentó respetuosamente en un imperfecto castellano. La ama de llaves lo atendió sintiendo pena por aquel desconocido, presentía su nefasto final. Al fulgor de la luna, la sirvienta se retiró – como era menester - a su cuarto, enmarañada de dudas: que debía hacer? Dar aviso a la Policía?. Sabía que los Scheumann eran muy respetados vecinos y le costaría demasiado convencer a alguien de tan disparatada idea, de la cual no tenía prueba alguna. En ese instante Antonia rompió su cascarón de sumisión y se cargó de valentía para averiguar por si misma que estaría por suceder. Arriesgando demasiado su anciano físico, se escurrió por la ventana de su habitación en el segundo piso de la Casona. Ágilmente se deslizó por los altos tapiales hasta ubicarse en una pequeña claraboya desde donde podía observar, como un comedido gato, la sala de reuniones.

Tres anchos vasos de whiskies estaban vacíos en la pequeña mesa, eje de la siniestra escena. Inmutables, Sabine y Klaus arqueaban la comisura de sus labios helando sus sonrisas hambrientas. El espigado visitante comenzaba su lenta inmersión a la ciénaga, los anfitriones evidentemente alteraban la bebida de sus víctimas para facilitar su macabra tarea. Transcurrido unos minutos, el hombre ya dormía profundamente, entonces una seña sutil de Sabine a su marido hizo que éste se enderezara de un salto y se dirigiera a la cocina. Antonia empañaba el cristal de claraboya aferrada a la situación más horrorosamente cautivante que le había tocado vivir. Su patrona comenzaba a desvestir cuidadosamente a su futuro manjar, el ritual daba su metódico inicio. Hasta que, de repente, el visitante despertó bruscamente, fuera de sí, forcejeó torpemente con Sabine arrojándola al suelo. Luego sacó algo de su espalda, era una pequeña arma que apuntó con fervor a la coronilla de la alemana para escupir sus sesos sobre la fina cerámica de la Casona. La arequipeña cerró los ojos hasta casi reventar sus retinas.

Pero la ama de llaves no pudo resistir y sus párpados cedieron, para ver a Klaus en un arrebato de furia taurina que se frenaría solo cuando el mango de su puñal se topó con la quinta costilla del armado visitante. Agonizando, entre vertientes de oscura sangre pulmonar, el hombre de rosadas mejillas guardó su último aliento para tirar el gatillo apuntando directamente al flácido cuello del dueño de la Casona. Todo sucedió en escasos segundos, que se disfrazaron para la ocasión, en terroríficas horas. Este hogar, acostumbrado a carnavales de sangre, hoy entregaba su carta menos marcada, acunando entre sus fríos umbrales, tres cadáveres con la saliva aun tibia y una testigo sollozante observándolo todo, encendiendo sin querer un anónima fibra intima en su ser. Antonia detuvo su llanto, para ensayar una adusta mirada al vacío.

Como Sabine dijo alguna vez, la plaza de Armas es un hermoso lugar, y fue allí que en una calurosa tarde de Arequipa, cerca de un puesto de alfareros, dos mujeres se encontraron. “Como estás tú, Lupe?” dijo con efusividad la mas joven de las mujeres “Bien mi niña, muy bien…oye, has tenido noticias de Antonia?”, la pequeña mujer respondió con resignación “Si, mamá escribió diciendo que viajaba a Alemania por un tiempo, irá a trabajar allí, que le habían hablado muy bien sobre la gente de allí, además cuenta que pagan muy bien”. Visiblemente sorprendida, la cincuentona Lupe comentó con algo de ironía “Y dime tú, que sabrá ella de comida alemana?”

FIN

La Cena de la Araña

Miró el sol a los ojos, arrugando la vista, podía sentir el tibio abrazo del astro en su cuerpo. Esa calidez le impregnaba un sentimiento de satisfacción que no sentía desde hacía ya mucho tiempo.
Como nubarrones rezagados, pasaron por su pensamiento oscuros recuerdos: las frías tardes en el patio del pabellón, aquellas interminables noches atado a la cama metálica, las garras eléctricas en su pecho que lo arqueaban como un junco.

Nada de eso estaba hoy allí, en el mirador de la costanera: el mar infinito, gaviotas, y algunos chicos jugueteando cerca de las olas. Definitivamente Lautaro se sentía libre, se había convertido en lo que anhelaba con todas sus fuerzas: una persona normal.
El adjudicaba este regreso por los territorios de la paz a un ángel, según el, materializado en ser humano, de nombre Ámbar.

Se conocieron en un viaje y desde allí se convirtieron en una especie de siameses, lo compartían todo, la armonía con que se complementaban parecía brotarles por los poros.
Pero como toda relación con claros aires de formalidad, debía cumplir con ciertos requerimientos. Es por eso que había llegado el día señalado. Lautaro y Ámbar viajaron la sur para compartir una cena con los familiares de ella, era la presentación oficial para el mentado novio de la hija única más mimada.

Lautaro era sencillo, como Ámbar les había anticipado a sus parientes. Su cordialidad y respeto hizo que rápidamente le dieran el trato de un integrante más de la familia. Después de una amena charla en el patio, se acercaba el momento de la cena tan anunciada. Los comensales se dispusieron en sus lugares y todo comenzó a fluir con cierto acartonamiento. Él sintió que en ese instante debía canalizar su bienestar en algunas palabras que intentaran agradecer el afecto brindado hasta el momento.

Golpeó su copa con un tenedor y atrajo las miradas expectantes de las alrededor de diez personas allí presentes. “Estoy profundamente conmovido por como me han hecho sentir desde que llegué…no podía esperar otra cosa de la gente que se encargo de formar a una persona tan encantadora como la que estoy mirando en este momento”.
Ambar lo miró con una ternura genuina y conmovedora. El resto de los familiares aplaudieron sin dudar, menos uno de los sobrinos de ella, que observaba al muchacho con cierta antipatía.

La comida era inmejorable, pero rápidamente llegó el brindis “Por los novios!” gritaron a coro. Una de las tías de Ámbar sin querer salpicó algo de champagne sobre la camisa de Lautaro “No es nada, trae suerte”, bromeó tímidamente, “Voy hasta el baño a limpiarme” y con mesura se dirigió al toilette que estaba casi contiguo a esa sala.

Al entrar se enjuagó la cara y se contempló en el espejo, se encontró feliz. Tras unos segundos de vanidosa inspección, percibió una pequeña erupción cerca de su ojo izquierdo, frunció el ceño y decidió quitarlo de allí. Juntando los pulgares lo reventó sin problemas, esto le produjo un importante dolor que le obligó a cerrar sus ojos por un momento. Al volver a abrirlos se dio cuenta de que no solo salía pus de la protuberancia, sino también sangre, su cara ya no era la misma. La preocupación por que se arruine el buen momento lo sobrevoló de golpe, como un buitre oportunista.

Algo pareció moverse en su frente, era una protuberancia del tamaño de una naranja, se movía extrañamente, sus ojos comenzaron a achicarse y a ennegrecerse, se le multiplicaban rápidamente. De repente vió como sus dientes fueron tomando un color pardo y a salirse hacia afuera, la ropa se le desagarraba, algo brotaba de su espalda, tenía nuevas extremidades oscuras y con irregular vellosidad. Su cuerpo le crujía y el baño ya había cambiado, un musgo color petróleo teñía las paredes, ahora de roca y barro. Su conciencia, como un fresco sumergido, se desdibujaba gradualmente.

Lautaro ya no existía allí, en su lugar había una repugnante y desproporcionada araña, ocho ojos inexpresivos brillaban en la oscura cueva, de su boca atenazada colgaba una espesa saliva. Era una araña hambrienta, que sentía ruidos fuera de su cueva. Caminó sigilosamente con sus largas patas, rompiendo telarañas a su paso, hasta llegar a una cueva más grande. Allí estaba lleno de dóciles presas, algunas se movían asustadas por su presencia, mientras que otras temblaban desesperadas presas en el tejido. Moscas, escarabajos, grillos, y unas bellas mariposas, eran vistan con ansioso apetito por el voraz arácnido, sediento de sus jugos.

Levemente fue apareciendo algo de luz, Lautaro fue abriendo lentamente los ojos, su visión era borrosa, estaba algo mareado. Sentía en su paladar un desagradable sabor a sangre y vómito. Se encontraba desparramado en un sillón, una intensa sensación de humedad lo envolvía, comprobó con pavor que estaba cubierto de sangre oscura, como también su camisa, sus manos, y el piso. Siguió con su débil vista el rastro de sangre y se estremeció bruscamente. La escena alrededor de la mesa donde hace un rato cenaba, era indescriptiblemente horrorosa, cuerpos despedazados yacían impúdicamente por toda la sala, algunos aún emitían leves quejidos agonizantes. Su preciosa Ámbar, aun poseía los ojos abiertos, como también lo estaba su pequeño cuello. Lautaro tensó sus músculos para que el alma no le explotara en mil pedazos, comenzó a transpirar de manera furiosa y a deducir ciegamente que esto no era un sueño, era la peor de las realidades, otra vez sus diabólicas alucinaciones le habían hecho caer en su propia trampa, no poseía fuerzas si quiera para sentir desprecio por lo que había provocado.

Pero había alguien que no había sufrido aquel poder devastador, era el sobrino de Ámbar, justamente quien mas fríamente lo había tratado. Estaba tieso observándolo desafiante en el otro extremo del lugar. Lautaro tartamudeó, quiso decirle algo, pero no podía, su mente estaba erosionada. El niño lo miraba de manera punzante, su madre, que aun se mantenía con vida, a pesar de las graves heridas, sollozaba de manera imperceptible. El niño, con movimientos rígidos, tomó un cuchillo de la mesa y se dirigió de manera decidida al sillón donde se encontraba el conmocionado Lautaro. La madre le logró a gritar a su hijo con un hilo de voz “No vayas, no ves que está loco?, te va a matar!”. El niño detuvo en seco su marcha a un par de metros del sillón, giró la cabeza sobre su hombro y respondió sin titubeos “Tranquila mamá, yo no le temo a las arañas”.

FIN

El espejo Roto

Hace algunos meses atrás deambulaba por el pequeño pueblo de Monte Leña, en busca de la parada de Colectivos, al encontrarla me acomodé en la sombra a esperar pacientemente. De repente se sentó junto a mí un anciano del lugar. Agobiado por el aburrimiento, comencé una charla con el, aparentemente intrascendente, pero el diálogo de a poco llegó hasta un tema algo interesante: empezamos a hablar de las supersticiones.

El viejo, al ver mi terco escepticismo ante esta rama del esoterismo, decidió contarme una historia del lugar, que juraba verdadera. Sin otra opción, me dispuse a escucharlo simulando más atención de la que verdaderamente le prestaba.

“Hace muchos años atrás, en una casona que aun se encuentra no muy lejos de acá, vivía un joven de aproximadamente veinticinco años con su esposa. Llevaban una vida de lo más corriente, pero un día sucedió algo un tanto difícil de explicar.

El muchacho, acomodando unos muebles, golpeó con su mano el espejo que colgaba en el pasillo principal de la casa. El cristal se quebró en varios pedazos pero se mantuvo en el marco, sufrió así, un profundo corte entre sus nudillos. De repente su mujer irrumpió en el lugar para descubrir que había provocado ese ruido. “Ahora tendrás siete años de mala suerte” dijo con algo de ironía. “Por lo pronto creo que tendré siete puntos de sutura” bromeó con resignación el hombre mientras se proveía de unas vendas.

Al día siguiente el muchacho regresaba de trabajar cansado, es por eso que ansiaba una siesta reparadora. Al dirigirse a su habitación se detuvo ante el espejo roto, miró de reojo su mano vendada con resignación y luego se puso frente a frente ante el cristal. Comenzó a notar algo muy extraño. Los diferentes pedazos del espejo no lo reflejaban del mismo modo. En uno de los trozos el hombre se observaba de la manera esperada, pero en el fragmento que le seguía su imagen se mostraba un poco más avejentada, en la siguiente mas, incluso con un cabello entrecano, otro de los ángulos vítreos le acusaba irregulares arrugas. Así fue observando con desesperante asombro como su rostro, dividido en forma de abanico, aumentaba su edad, formando un ciclo progresivo en el sentido horario.

Se fregó los ojos, pero nada se modificaba, ese espejo le estaba dando imágenes de sus futuras apariencias a través de los años, un espiral de cosquillosa arena le jugueteaba en el vientre. De a poco se fue dejando llevar por la inexplicable situación. Concentró sus sentidos en la imagen en la cual se veía mas anciano, parecía de unos setenta años, su piel estaba muy desalineada y daba la sensación de cierta indolencia. Muy lentamente su imaginación lo fue transportando por un oscuro camino hacia esa etapa de su vida. Se vio llorando, débil, solitario, su mente le proyectaba una sinfonía de guturales palomas merodeando sus oídos, se fundió lentamente en un espeso y sofocante sueño que lo tenía como eje de sus crudas visiones. Hasta que volvió su atención al espejo.

Siguió observando con atención su avejentada imagen en ese trozo de espejo, luego contemplo mas ampliamente todo el cristal, una picazón de confusión le invadía la nuca. El hombre ahora percibía ese reflejo avejentado en el resto de los trozos que componían el espejo roto. Lo comenzó a desesperar la ausencia de sus apariencias más juveniles, se detuvo en el ángulo del marco, había telarañas y mucho polvo. Ahora si estaba desorbitado totalmente, su casa estaba vieja y descascarada, cubierta de tierra, defecaciones de paloma y hojas secas. Corrió hacia el espejo del comedor, allí se pudo ver y sus temores se confirmaron, se veía anciano y decrépito aparentando esos setenta años que le anunció aquella porción de espejo. Ahora todo se lo afirmaba, estaba viejo.

Sobre la mesa, descansaba una carta amarillenta, al parecer llevaba años allí, la tomó en sus manos, limpiándola con ansiedad. Era la letra de su señora que con trazos nerviosos se despedía “Mi amor, no puedo verte así, y yo no puedo vivir de este modo, con un hombre que se pasa los años mirándose en un espejo, se me agotaron las fuerzas, tengo que empezar de nuevo, te pido perdón, espero que esto alguna vez termine..Te Amo”

Fue cuando aquel muchacho se dio cuenta de que una maldición lo llevo hasta esa edad, maniatado en una burbuja opaca de locura y confusión, que su vida se había ido hacia la nada desde aquel día en que rompió el maldito espejo, que los siete años de mala suerte no eran nada ante cincuenta años de locura aciaga”

Cuando mi circunstancial compañero culminó su relato, yo estaba perplejo, juro que no tragué saliva durante lo que duró su historia, la situación me fue dibujada con tal precisión que me cautivó de principio a fin, entonces sentí que le debía una frase.
“Sigo sin creer en las supersticiones” le dije pausadamente “Aunque ahora no creo en ellas porque me parece que se quedan cortas con los castigos que prometen”, el viejo bajo la sombra de la parada, asintió mis palabras con gesto paternal.

Fue en ese preciso instante, cuando lloraron los frenos del Ómnibus que impuntualmente llegaba a mi encuentro. “Llego la hora de irme” le dije enderezándome “Le agradezco por tan bonita historia. Estos pueblos si que tienen leyendas”. Cuando yo ya tenía un pie en el colectivo y otro aun en el cordón de la vereda, me despedí dándole la mano, pero vi algo que me llamó la atención en su maltrecho puño “y esa cicatriz?” la pregunta se me escapó sin aviso. El anciano entonces me mostró sus dientes amarillentos con una sonrisa que hasta el día de hoy me eriza la piel al recordarla.

FIN